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diezpalabras edición especial #Filba2022

1. Inadecuación

“Esa ha sido siempre la ambición del poema: hablar de nada”, dijo María Negroni en el discurso de apertura del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires, FILBA 2022. “Es decir, ser la voz de la cosa ausente, la acústica del alma para oír, no lo que dicen las palabras sino aquello –vinculado al origen, la escisión, la finitud— que siempre se sustrae a las redes del lenguaje. Quien escribe entiende, como nadie, que las palabras son insuficientes, a menudo tramposas, incluso nocivas. Por eso, se para ante ellas con recelo. Desconfía del pacto utilitario, comunicativo u ornamental que proponen. Lucha contra ellas, a pesar de tener plena consciencia de que no existe, como advirtió el poeta vietnamita Ocean Vuong, una lengua para salirse de la lengua.
Toda escritura que se precie reflexiona, tarde o temprano, sobre la inadecuación entre lenguaje y mundo.
En algunos casos, la operación es más visible, aparece en los ensayos que acompañan a la obra del autor o autora (pienso en Octavio Paz, Marina Tsvetáieva, y más cerca de nosotros, en Mario Montalbetti o Tamara Kamenszain).

En otros, la poesía piensa adentro de la poesía misma.
Un verso del poeta español Aníbal Núñez dice con sencillez brutal:
‘Para ser río, al río le sobra el nombre’.
Y otro, de José Ángel Valente:
‘Las palabras crean espacios agujereados, cráteres, vacíos. Eso es el poema.’
Yo agregaría que esos huecos, fisuras, agujeros son puertas, modos extremos de abrirse al mundo.
También son avanzadas contra la doxa, la frase hecha y el espíritu mayoritario, que siempre embalsaman la vida, impidiendo a las criaturas el contacto con su propia inadecuación.
Como el deseo, la poesía es díscola por naturaleza.
No se deja encuadrar, gobernar, restringir.
Se niega a la madurez.
Hace que estalle la diferencia en el centro mismo de lo homogéneo.
Entre la ley y el desacato, elige siempre el desacato.
Quizá esto explique por qué es tan difícil, de leer y de escribir.
En ella, todo se trastoca: la emoción piensa, la sintaxis se emociona, la obsesión se hace forma, la forma defiende la soledad en que estamos, y el silencio alcanza el difícil estatuto de la palabra muda.”

2. Activar
El leit motiv del FILBA 2022, el primero presencial tras la pandemia, fue “Fuerza Activa”: una declaración de principios, y de fines. “La fuerza de los activismos, la fuerza de la palabra; pensar a la literatura como fuerza transformadora, como motor de cambio”, dijo Eugenia Zicavo durante el acto de apertura. “Acá todos somos un poco activistas culturales, un poco evangelistas de la literatura: queremos convidar eso que nos gusta, que nos conmueve. Cuando leemos algo que nos impacta y nos hace cambiar nuestra manera de ver el mundo queremos compartir ese modo alternativo de verlo, y los libros siempre fueron un canal de lo insurrecto”. Y agregó: “Quienes dan testimonio escrito de la vida también tienen que trabajar y parte de este activismo es preguntarnos de qué trabajan quienes escriben, en qué condiciones”.
A lo largo de cinco días, FILBA dio lugar a activismos y activaciones. Comenzó -todavía antes de las palabras de apertura- con la lectura de
cinco manifiestos. También eran manifiestos los textos que recibimos por Whatsapp, cada noche, quienes nos anotamos para la actividad “Voy con audio”. Dolores Reyes habló de ecocidio y María Eugenia Ludueña, de terricidio; la misma velada de inaguración cerró con una performance ecopoética que traía voces de pueblos originarios y reclamaba por todo lo vivo. El jueves, la Noche Hacker reunió a escritorxs con colectivos que dan batalla a la obsolescencia programada y la privatización del conocimiento; sábado y domingo, la Biblioteca Abierta invitó a llevarse libros y dejar otros, para que la literatura circule. Una artista ofrecía “un logo para tu causa”; otra, una estación para producir afiches. El foro de traducción expandida puso el foco en activismos y traducciones comunitarias, y llegó a discutir la noción de autoría. Se dictó un taller de escritura trans. Hubo paneles sobre política, naturaleza, intemperie; en los textos, chicas encapuchadas conspirando. Las preguntas sobre la función política de la literatura se colaron en todos los diálogos. El escritor Iosi Havilio le puso el cuerpo a cinco horas de lectura, como en una vigilia, como en una marcha, donde permanecer (activo) es ganar.
Dijo Marina Mariasch en su
manifiesto: “Creo en la marcha, en las cosas que están en marcha, en lo que se hace sobre la marcha”.
3. Resentimiento

En la primera actividad del festival, la lectura de manifiestos, el chileno Diego Zúñiga lanzó una oda al resentimiento. Puede verse aquí:
“Hoy les quiero hablar del resentimiento, del resentimiento social para ser más precisos. El resentimiento como una forma de mirar el mundo, una suerte de marco teórico, una guía para enfrentar la vida en todas sus dimensiones. Porque al final siempre se trata un poco de eso, ¿no?: uno baja la guardia y la vida te aplasta y te vuelve a poner en tu lugar. Quiero decir: uno baja la guardia y al lado se te sienta un muchachito sonriente que nació en el lugar indicado, en la familia correcta, rodeado de privilegios, y no te das ni cuenta y ya está instalado, probablemente dándote órdenes o haciéndote saber que el lugar de origen —en un país como Chile, al menos— lo determina todo, o casi todo: tu futuro, tu vida, lo que vas a hacer y, sobre todo, lo que no vas a poder hacer.
Mark Fisher decía que el resentimiento es un afecto mucho más marxista que los celos o la envidia. “La diferencia entre resentir la clase dominante y envidiarla —decía Fisher– es que los celos implican un deseo por volverte la clase dominante, mientras que el resentimiento sugiere una furia hacia su posesión de recursos y privilegios”. (...)
Un elogio del resentimiento, como lo hizo hace un poco más de un año María Moreno, en una columna extraordinaria en la que decía: ‘El resentido —palabra en la que se puede escuchar también un sentido que no se clausura, que no cesa de corregirse— es aquel que se niega a recorrer del todo el pasaje a la zona de los privilegiados, el que no concede en recibirse de ser uno de ellos (…). El resentido no es el Gardel que se mimetiza con su smoking, ni el Monzón que se hace amigo de Delón, sí el Maradona que la embarra porque en la zapatilla más cara tiene la huella de Fiorito’.
(...) Es también un elogio de la literatura plebeya que escribió Pedro Lemebel y que escribe hoy María Moreno, la mejor de todas, (...) que no tiene (...) ningún libro en otro idioma mientras una lista interminable de cuicos, pijos, chetos, fresas, gomelos que jamás van a escribir una página que se acerque a la obra de María Moreno, andan por el mundo hablando de sus novelas y sus obras. ¿Cómo no vamos a querer salir a quemarlo todo?”

4. Espigadora

En el panel Toda literatura es política, el viernes, la argentina Gabriela Massuh comenzó por refutar el título: “No, no toda”. La chilena Nona Fernández coincidió: “No, no toda literatura es política, y no, la literatura no puede cambiar el mundo”. Y agregó, bajando el tono: “Pero lo intentamos. Cómo lo intentamos”. 
Poco después, Fernández hizo referencia al documental
Los espigadores y la espigadora, de Agnès Varda, que registra los días de personas que recuperan comida descartada del circuito comercial. “Cuando escuché lo que ella hacía, estaba pensando, y dije ‘Esto es lo que a mí me interesa. Recoger aquellos trozos de la realidad que son expulsados, que no quieren ser mirados, que probablemente son feos, y el mercado no los quiere porque son feos. Son… papas deformes. Esas papas deformes a mí me interesan. Y con eso podemos constituir la escritura de un texto, que se va a transformar, sin duda, en un intento. Uno, de esos intentos de los cuales yo hablo. (...) Un arquitecto chileno me decía: ‘Lo que yo hago al construir una casa es reaccionar frente al contexto’. Creo que lo que también intento hacer es reaccionar frente al contexto. Dialogar con el contexto. Espigar, recoger, reutilizar, reciclar, esa regla de las tres erres que nos propone el mundo ecológico. Son intentos. Intentos que, sabemos, son intentos frustrados, que no vamos a cambiar nada, la historia de la literatura lo dice. Sin embargo siempre hacemos el intento. (..)
Me es difícil resetear y pensar qué hace a una escritura política. Pero yo intento pensar en esto: en que sea una reacción al contexto, y en que proponga las tres R de la agenda ecológica, que son las que aprendí de Agnès Varda: reducir, reutilizar, reciclar. Con eso ya ensamblo la plaza pública, para nuevos libros, que de algún modo comienzan a ser un pedazo de realidad que alguien pueda recoger, reutilizar y reciclar”.

5. Antifascismo

En el mismo panel, la escritora australiana McKenzie Wark coincidió con sus compañeras acerca de los límites de la literatura para cambiar el mundo. Pero declaró también, como Fernández, sus intentos, sus intenciones: crear un ámbito literario por y para personas trans. 
Wark transicionó en 2017; lo cuenta en
Vaquera invertida, el libro editado en español este año por Caja Negra. Lo presentó el jueves en la Noche Hacker del FILBA. Un fragmento de lo que leyó: “Está decidido. Estoy llena de determinación, aventura, logística, encantos epidérmicos, bendiciones de semidioses. Voy a transicionar. Voy a salir de la masculinidad. No sé cuán lejos podré escaparme de ella. No sé quién es este yo, quién habrá sido o en quién se convertirá. Y sí sé que me demoré demasiado. Pero no importa. Me presento. Me presento como trans. Trans para los árboles y el halcón arriba del lago, para el lago y los peces en los profundo del lago, y para el castor río abajo. Trans para el sol, para el cielo. ¡Hola mundo, soy trans! ¿Soy binaria o no binaria? ¿Soy trans-femenina o una mujer trans? No tengo idea. Bueno, algunas ideas, algunas inclinaciones muy pronunciadas. La decisión que tomé fue saltar del acantilado de la masculinidad, y espero flotar”.
Antes de la militancia trans, Wark le puso mente y cuerpo al hacktivismo; en 2004 publicó
Manifiesto Hacker. Las causas van de la mano en su discurso. "Tengo que mencionar esa palabra que empieza con c y tanto miedo nos da, capitalismo. Tenemos que pensar en una economía política de la cultura", afirmó en el panel. "Esta lucha cultural es defensiva, porque la amenaza que estamos enfrentando es el neofascismo. Y no sería la primera vez que la comunidad queer es atacada y tomada como chivo expiatorio. Tenemos que autoorganizar la defensa cultural. Aprendí de las personas trans a no esperar que haya un futuro; es un gran aprendizaje. Para organizarse, y también para la fiesta”. Y cerró: "El neoliberalismo mina el nivel material de las personas para que no puedan rebelarse. Tenemos que practicar los hábitos de ayuda mutua. Básicamente estoy hablando de una práctica cotidiana de antifascismo. Es divertido, es gratis y todes podemos hacerlo".

6. Jaquin

La Noche Hacker del FILBA tomó la galería Ruth Benzacar, en Villa Crespo, el jueves con un grupo de representantes del Partido Interdimensional Pirata Argentino, que también tiene su manifiesto. En su web se definen así: “Les piratas nos damos unos acuerdos básicos de cuidados mutuos a través de nuestros códigos para compartir, que nos guían en la convivencia cotidiana y en el reconocimiento mutuo.” Esto se plasmó en una práctica radicalmente horizontal de la palabra. No solo trataban de responder entre todes les presentes y abrir el micrófono a la audiencia: también intentaron incorporar las voces de otras personas del colectivo a través de René Montes, su identidad colectiva, cyborg que integra las palabras de un foro. 
Así definieron “la cuestión jaquer”, o “el jaquin”, como “un término paraguas”, que desde su escritura muestra la intención de una apropiación local, situada. Ese paraguas cobija palabras como “gambiarra” “yeite”, “maña”, “desalambrar” o “cybercirujas”: todas formas de tomar la tecnología para los propios objetivos y desde los propios medios. “Pensar el jaquin como un conjunto de prácticas que cambian según las personas, los lugares, el tiempo; jaquear el término y decolonizarlo para culonizarlo”.
También se repartió -en papel- el
Manifiesto Cyberciruja. “Un fantasma recorre las esquinas atestadas de basura tecnológica: el fantasma de los crotos digitales y linyeras electrónicos que luchan contra la obsolescencia programada, las GAFAM y los chetos de la web obesa. (...) ¡Cybercirujas y crotos digitales del mundo, uníos! Que nuestros tramontinas devenidos en destornilladores cyberpunks sean un arma de liberación contra los oligarcas del dato,que con su inmoralidad del mercado obligan a la humanidad a tirar toneladas de computadoras año a año.”
Estos “crotos digitales” podrían ser protagonistas de
Detalle infinito, la novela que Tim Maughan presentó esa misma noche. Se llevarían bien con Rush, el hacker que repite como un mantra: “Hasta que no las puedas desmantelar, utiliza siempre las herramientas de los opresores en su propia contra”.

7. Mente-viento

“Hablamos de vivir sobre la Tierra [on the Earth], pero creo que es una confusión”, dijo David Abram, en diálogo con Soledad Barruti. “No vivimos sobre la Tierra: vivimos en la Tierra [in the Earth], inmersos en la Tierra, en este océano de aire, tal como los peces están inmersos en el mar; vivimos aquí abajo en las profundidades de este planeta que respira. 
Durante siglos hemos considerado a la atmósfera que nos rodea como una especie de espacio vacío. Y así, es un lugar perfecto para tirar todo; para evitar toda la afluencia tóxica de nuestras industrias, lo ponemos en la invisible atmósfera. Y todo lo que se disipa, como humo emergiendo de los caños de escape de nuestros autos, aviones y barcos, sale de la vista, así que ahora está fuera de la mente. 
Pero para los pueblos orales e indígenas, lo que se disuelve en el aire o atmósfera, a través de ese simple gesto entra en la mente; en la mente-viento [windmind] del mundo. El aire, o la atmósfera, de este planeta tiene mucho en común con lo que llamamos ‘la mente’. Que es algo bastante misterioso: es inefable, es invisible, es imposible comprenderla completamente o incluso salir de ella para observarla, porque dondequiera que pisemos, la mente ya está ahí. Se parece mucho al viento, o la respiración, o el aire de este planeta: donde pisemos estamos envueltos por él, no podemos salir de él. Y de hecho las palabras para ‘psiquis’, ‘espíritu’, ‘mente’ o ‘alma’, en cualquier idioma, si las rastreamos hasta sus orígenes, encontraremos que al menos una de ellas nombra el aire, o el viento, o el aliento como el cuerpo mismo de ese misterio que llamamos mente.” 
(En español funciona: “alma” viene de  “ánima”, originalmente “aire, aliento”. De ahí deriva “animal”). 
“Tal vez podamos conceder que hay algo interior en la mente”, sigue Abram, “pero no porque esté dentro de nosotros, sino porque nosotros estamos corporizados dentro de ella, junto con todos los otros animales y las plantas y las nubes a la deriva; porque vivimos dentro de una mente que no es nuestra, sino que es de la Tierra”.

Se une con uno de los textos que Laurie Anderson leyó en el cierre de FILBA. “Antes de que existiera la tierra, los pájaros volaban y volaban en círculos, sin nunca aterrizar. Un día, el padre de una alondra murió. Apareció entonces un problema, ya que no había tierra donde enterrarlo. Los pájaros pensaron en esto durante una semana, hasta que la alondra encontró una solución: lo enterraría en el fondo de su cabeza. Y así nació la memoria”. La mente colectiva, en el aire.

8. Descentrar
El jueves, durante el panel Fuerza natural, el boliviano Edmundo Paz Soldán propuso “descentrar la mirada”: “Cambiar el mundo también es cambiar cómo miramos”. Y recomendó un cuento de su compatriota Claudia Peña, “Lazos”, “para salir un poco del antropocentrismo”: “perros persiguiendo a una perra en celo, narrado desde la perspectiva de la perrita”. No pude evitar pensar en Nadar perrito, de Florencia Gattari, una novela infantil con el mismo punto de vista. También Laurie Anderson habló de los pensamientos y sentimientos de su perra, Lollabelle, en las lecturas de cierre.
En la primera actividad del festival, la
lectura de manifiestos, Dolores Reyes había postulado: “Árboles muertos son niños muertos. Árboles muertos son ancianos muertos. Árboles prendidos fuegos es la asfixia de la humanidad. Hermanados a los árboles por las infinitas ramificaciones de nuestros pulmones, los quemados somos nosotros mismos.” Y después: “La emergencia climática que sacude al mundo nos recuerda que somos una especie más compartiendo la asfixia con las otras”.
Un rato más tarde, en la performance ecopoética
Ruge el bosque, se dijo: “El idioma mapuche percibe el agua y los lagos o lagunas (lafken) como seres vivos que tienen un alma (allue) y una fuerza específica”.
El jueves,
el ensayista estadounidense David Abram sostuvo que toda la naturaleza está viva, despierta, consciente, y habla; y que con todo podemos relacionarnos.
El viernes, durante la
Noche de poesía en la terraza de Eterna Cadencia, la mexicana Clyo Mendoza leyó versos salvajes de su libro Silencio: “Soy caballo, nací animal y tengo la sensación de ser yo mismo como todo. No sé qué es el amor de los hombres porque siento lo mismo por cada ser y cosa que ocupan un lugar en este mundo. Obedezco al soldado no porque le deba, sino porque le temo y porque para mí él es una parte mía y yo soy suyo.”
Cerró la noche Susana Villalba, maestra de varias generaciones de poetas, con una invocación explícita a “terminar con el antropocentrismo”. Contó de sus poemas narrados desde la voz de un perro, un árbol, hasta una piedra.  Leyó un fragmento en la voz de un árbol que perdona a quien empuña la motosierra:
Mañana soy el árbol.
El hombre es tiempo.
9. Resonancia

El sábado por la mañana, durante su masterclass (que describió como “no master class”), la multifacética artista estadounidense Laurie Anderson contó que es parte de un proyecto artístico asociado con la inteligencia artificial y el machine learning. Habló del “intercambio entre palabra y máquina”, y explicó que hay un software que fue entrenado con todos los textos escritos por ella, de modo que ahora es capaz de crear -en un segundo- poemas con el estilo de Laurie Anderson, a pedido. Para probarlo, invitó al público a proponer una frase breve y la volcó en la computadora; en instantes apareció en pantalla un poema perfecto, con el estilo de Laurie Anderson. También, alternativamente, se le podía pedir a la computadora un poema con el estilo de Lou Reed: más breve y apretado. Ella estaba más divertida que preocupada. “Es una nueva forma de ser editora”, dijo. “Para mí, la escritura siempre es una forma de la edición. No estoy tratando de hacer cosas nuevas todo el tiempo. No me interesa mucho la originalidad. Estoy tratando de describir las cosas de forma de que otras personas puedan sentirse identificadas; que puedan decir ‘sí, entiendo de lo que estás hablando’. Yo llamo a eso resonancia.”
Anderson es budista. Dijo varias veces que lo suyo no es cambiar las cosas sino mostrarlas como son. Y sin embargo, sobre el final de la “no masterclass”, se permitió compartir algo así como un aprendizaje: “Puedo asegurarles que no estamos aquí para sufrir ni para trabajar, sino para pasarla muy muy muy bien".

10. Francachela

La Francachela encendió una esquina de Villa Crespo el sábado a la noche (y la mantuvo prendida por horas). El programa anunciaba: “El festival Filba se une a las míticas Francachelas de la librería Aristipo. Choripanes, vino y música en la vereda, además de una enorme mesa de libros recomendados. ¡A celebrar que se acaba el mundo!”
La palabra invita e incita. “Reunión de varias personas para divertirse comiendo o bebiendo, normalmente sin moderación”, dice el diccionario de Oxford,
el que usa Google. “Reunión de varias personas para regalarse y divertirse comiendo y bebiendo, en general sin tasa y descomedidamente”, suma la Real Academia Española. Lo de comer descomedidamente me causa gracia, pero se parece un poco a lo que pasó: cuando se acabaron los panes, la parrilla empezó a despachar chorizos sueltos en servilletas, que fueron devorados sin chistar.
Ni Joan Corominas, el etimólogo, sabe de dónde viene esta palabra. “1765-83 'reunión de varios para comer juntos regocijadamente'. Parece ser derivado de franco en el sentido propio de 'banquete íntimo sin ceremonias', pero no consta dónde ni cómo se formó la derivación”, asegura en su Diccionario Etimológico. En
un foro, a falta de origen, dan sinónimos: “Juerga, jarana, parranda, joda”. Pero con esa ch tan sugestiva. “Pensar pues en franco-a 2ª acepción, y quizá chela, festivo en México cerveza, lo que me hace pensar en Palito Ortega, por esa ch, y su canción Chevecha”, delira -deriva- un forista.
“Las palabras viajan siempre desde lo que no saben hacia lo que no saben, como pequeños animales cuya única ambición fuera perderse, mejorar la calidad de su ignorancia”, dijo María Negroni el jueves, en la
ceremonia de apertura en el MALBA.
Unos minutos antes,
Pablo Braun, presidente de FILBA, había propuesto “un ejercicio de imaginación”: “Cerremos los ojos. Quiero que se imaginen que están en sus casas, que es el año 2020, estamos en una pandemia y la única forma de presenciar el festival o cualquier actividad que ocurra es a través de internet. Y quiero que se detengan un minuto a pensar qué les pasaba en ese momento, lo que pasaba con la imposibilidad de asistir a nada. Quiero que ahora abramos los ojos, nos miremos; toquémonos, si quieren. Y valoremos esto profundamente, poder encontrarnos después de dos años virtuales. Porque todos sabemos por lo que pasamos”. 
Vivan las francachelas y sus desmesuras.

diezpalabras es un newsletter semanal a cargo de Marcela Basch. Esta es una edición especial FILBA, fuera de catálogo. Más info: diezpalabras.com.ar

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